Santo del dia
San Francisco Javier, jesuita y misionero incansable, llevó el Evangelio a India, Japón y otras tierras asiáticas con creatividad y entrega total. Bautizó multitudes, fundó comunidades y murió evangelizando camino a China. Un verdadero gigante de la misión.

San Francisco Javier: el gigante de la evangelización que llevó el Evangelio a Oriente
3 de diciembre — La Iglesia celebra hoy la memoria de San Francisco Javier, sacerdote jesuita y uno de los más grandes misioneros de todos los tiempos. Su vida, marcada por una entrega sin reservas, dejó una huella profunda en la expansión del cristianismo en Asia, donde anunció el Evangelio con un ardor y creatividad que aún asombran cinco siglos después.
Nacido en 1506 en el castillo de Javier, en Navarra (España), Francisco creció en una familia noble y se perfilaba para una brillante carrera académica. Sin embargo, su destino cambió radicalmente cuando, durante sus estudios en París, conoció a San Ignacio de Loyola y a Pedro Fabro. Con ellos compartió formación espiritual y, tras un proceso exigente, se integró al grupo fundador de la Compañía de Jesús, nacida en 1539.
De París a Goa: el comienzo de una misión sin fronteras
En 1541, respondiendo al llamado del papa Pablo III, Francisco Javier inició un viaje que lo marcaría para siempre: partió hacia las Indias portuguesas para predicar el Evangelio. Tras un durísimo trayecto de trece meses, llegó a Goa, donde eligió vivir entre enfermos, esclavos y marginados. Allí creó un método innovador para enseñar catecismo a los niños: ponía la doctrina en versos y la cantaba con ellos para facilitar su comprensión.
Un bautismo incansable y miles de conversiones
Su misión lo llevó luego al sur de la India, donde evangelizó a los pescadores de perlas. Sin conocer su idioma, el tamil, logró transmitirles la fe con una cercanía sorprendente. En un solo mes bautizó a 10,000 personas. “A menudo me duelen los brazos de tanto bautizar”, escribió en una carta que refleja tanto la magnitud de su labor como la urgencia que sentía por llevar a Cristo a todos.
Entre 1545 y 1547 recorrió Malaca, las Molucas y varias islas del sudeste asiático, impulsado por un espíritu misionero indomable que lo llevó incluso a territorios peligrosos.
Japón y el anhelo de China
En 1549, guiado por su encuentro con un converso japonés llamado Hanjiro, Francisco llegó a Japón. Allí, a pesar de las duras restricciones y del riesgo de muerte, fundó comunidades cristianas que serían el comienzo de la larga historia del cristianismo japonés.
Su próximo sueño fue China, cuya grandeza cultural lo atraía como un vasto campo de evangelización. Sin embargo, al intentar arribar al continente desde la isla de Shangchuan, enfermó gravemente y murió el 3 de diciembre de 1552, a los 46 años, exhausto pero fiel hasta el final. Tenía once años de misión ininterrumpida.
Un legado inmenso
Aunque fue enterrado sin marca alguna, dos años después su cuerpo —incorrupto— fue trasladado a Goa, donde se encuentra hasta hoy. Su brazo derecho, con el que bautizó miles de personas, es venerado en Roma.
Canonizado en 1622, declarado patrono de las misiones en 1927 junto a Santa Teresita del Niño Jesús, San Francisco Javier es recordado por su pasión, su creatividad y su oración más célebre:
“Señor, yo te amo no porque puedas darme el paraíso o condenarme al infierno, sino porque eres mi Dios. Te amo porque Tú eres Tú.”
En su memoria, el mundo católico celebra hoy a un hombre cuyo ardor misionero sigue siendo ejemplo para la Iglesia universal.



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